COCODRILO A LA
CACEROLA
Ella sabe qué hacer. No importan los ingredientes, siempre
se arregla con lo que hay a mano. A primera vista, cualquier desprevenido puede
pensar que lo hace de un modo artesanal. Sin embargo, se sustenta en esa visión
anticipatoria que sólo algunos pocos poseen, y que le brinda solvencia en la
ejecución. Así, decide cuál es la mejor forma para lidiar con la realidad
circundante.
Tiene un método, o al menos pareciera que lo tiene. Aprendió
a gobernar el espacio ganado sin sobresaltos, sin dar cabida a quienes tan sólo
buscan un rédito pecuniario en la provocación o, aquellos cuya única propuesta
es la vacua descalificación. Transita los andariveles más estrechos y los
senderos de espinas, con serenidad y aplomo. Por sobretodo, sabe tomar
distancia espacial y temporal para que surja el buen análisis sin prejuicios ni
amañados.
La eficaz y pragmática estocada es la respuesta típica;
también para los reclamos de bazar. Esos que salen de la cocina como una
batería loca y, en disfuncional reparto, arrastran utensilios y humanos a una
danza quimérica; una Babel, donde cada uno habla su propio idioma sin importar
qué piensa o dice el de al lado, el próximo.
Mientras la
manifestación de intolerancia –promovida exhaustivamente durante casi un mes en
el ciberespacio- mostraba su peor rostro; ella les inauguraba un
establecimiento textil en San Juan. Por ironía del destino –porque de ser
premeditado, estaríamos frente a una jugada genial- las instalaciones pertenecen
a una marca emblemática para quienes reclaman su “derecho a diferenciarse del
resto, a no ser iguales a los otros”. Quienes buscan sentirse especiales por lo
que llevan puesto o pueden comprar, tendrán una nueva planta que producirá
prendas con el logotipo del cocodrilo: tradicional signo de distinción para
algunos argentinos. Obviamente, no llega a ser una chomba de suave y fino
algodón, como esas que Camila Parker Bowles le compraba al Príncipe de Gales en
Savile Row. Pero, pertenece a una firma decidida a defender los privilegios sociales.
Meses atrás tomó estado público un pedido que le habrían hecho a Los
Wachiturros, para que dejaran de exhibirse en sus presentaciones con sus
modelos exclusivos. La movilidad social les quebraba la estrategia de
marketing.
He aquí el quid de las exigencias de menaje. La razón
esgrimida ha sido la supuesta represión gubernamental, que limita sus libertades
para comprar dólares y otros menesteres evasores. Para sustentarlo, citan el
artículo 14 de la
Constitución Nacional. Sin embargo, en Declaraciones,
Derechos y Garantías, la
Carta Magna nada dice sobre DERECHO A SER DISTINTO AL RESTO
(verdad de Pero Grullo, si las hay). Tampoco, el pedido se refiere a la serie
de ampliaciones inclusivas, que refrescan el cúmulo de libertades ciudadanas;
sino todo lo contrario. El goce conjunto –todos gozando de los mismos derechos-
parece que a algunos les despierta escozor.
Hay una anécdota que puede ayudar al discernimiento. De
costumbre, las diferencias sociales obedecen a estereotipos aprendidos al paso.
Probablemente, hojeando páginas a la espera de un coiffeur o una manicura.
Aunque esta historia es muy antigua y probablemente de transmisión oral. Se
refiere a los dichos de una princesa al día siguiente de su boda. En la mañana,
salieron con el príncipe consorte a saludar a los súbditos agolpados bajo su
balcón. Repentinamente, ella preguntó si la plebe hacía lo mismo que ellos la
noche anterior. Al asentimiento de su esposo respondió –Es demasiado bueno para
ellos. La cita se refiere a la mezquindad de pretender tan sólo para sí, y
ningún otro, aquello que brinda satisfacción, gratificación, bienestar. Como si
la popularidad de un hecho amenazara con su extinción.
Después de la indignación y las reprobaciones, debemos
celebrar la libertad de expresión reinante. Esta puesta en escena de sentimientos
inconfesables ha de ser bienvenida. Evidentemente, las últimas políticas han
pateado un hormiguero. Ese mismo que otrora por túneles secretos conspiraba en
las sombras, hoy ha de hacerlo a superficie, a la vista de todos y grabado a
ultranza por lo medios hegemónicos. Ahora dieron la cara. Dio su apoyo el
rabino Bergman sin inmutarse por las esvásticas que acompañaron la
manifestación. Dio la cara Patricia Bullrich junto a Natasha Hait y otros
jóvenes en confusa desnudez. Tal vez la libertad reclamada sea referida a una
sexualidad orgiástica? En la multiplicidad de consignas, podría ser una más. O,
tal vez, una oportunista publicidad indirecta de exclusiva ropa interior.
Virginia Márquez
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